Las redes sociales y su tendencia a parecerse a una vecina criticona

Hace años, leyendo a Charles Baudelaire (poeta y ensayista francés), coincidí con su visión acerca de la crítica como arte. Entendí que esta, para que tenga un real sentido, debe ser una obra digna de aquella que fue analizada, incluso igualándola o superándola. Esto es algo que, mientras uno no posea el inmenso talento de Baudelaire, suena bien complicado. Sin embargo, es una reflexión que vale la pena tener en cuenta pensando en el tema de este texto.

Aunque sería genial poder honrar las grandes obras con obras, los buenos textos que aparecen en redes con comentarios conmovedores o algunos videoclips tan impactantes como Burn my shadow o Rabbit In Your Headlights de la banda UNKLE con tratados sobre la angustia y la soledad contemporáneas, nos hemos acostumbrado a repartir gifs, emoticones, corazones, pulgares arriba (y abajo) y reacciones tipo me divierte, me encanta o me enoja, además de responder con publicaciones cargadas con un arsenal de diversas pasiones y poco análisis. 

No voy a pretender que todo comentario en cada red social tenga la rigurosidad de una crítica clásica, entendiéndola como algo muy elaborado y que aporta a la obra en cuestión, pero partir de herramientas como el respeto, el conocimiento y la buena ortografía es fundamental. Sin embargo, la crítica de hoy tiende a ser otra cosa: 

“La criticonería muchas veces se suele confundir con la crítica. Se confunde porque, en muchos casos, los criticones creen estar haciendo crítica. La diferencia consiste en que la criticonería no surge de la necesidad de un mejoramiento de un problema, o al menos no está orientada a mejorar las cosas. Y las redes sociales, en especial Twitter, están llenas de criticones. La criticonería incluye calumnias, burlas “con mala leche” hacia otras personas, falta de tolerancia, insultos a quien tiene una opinión diferente”.

Así, la “criticonería” (palabra un tanto coloquial) se convierte en la actividad diaria de trolls y haters, con frecuencia anónimos y una autoestima igual a cero, que buscan destruir porque sí. Y esto sí que se ha visto en 2021 con Metallica, banda de la que los fans más acérrimos solo escuchan los cuatro primeros discos y detestan el resto de su discografía, mientras los liderados por James Hetfield siguen en lo suyo

Caso Metallica (y un poco de perreo)

Este año, con el anuncio y lanzamiento de The Metallica Blacklist, sí que han levantado roncha. Ahí sí aparecieron los fans que ya los habían sepultado a inicios de los 90, pero para exhumarlos, rematarlos y enterrarlos de nuevo. Lo anterior, a pesar de que la banda destinará el 100 % de sus ingresos por la venta del disco y los repartirá en partes iguales entre la fundación creada por ellos en pro de la lucha contra el hambre y otros padecimientos mundiales (All within my hands), y diferentes organizaciones benéficas elegidas por los artistas colaboradores del experimento audiovisual. No obstante, las redes con frecuencia se vuelven demasiado emocionales, para bien y mal.

Mientras muchos siguen rasgándose las vestiduras por el ensayo creativo de Metallica y sus invitados, uno de los íconos del rock (Bruce Dickinson, vocalista de Iron Maiden), les reconoció recientemente su valor al transgredir con su quinto disco, The Black Album, un camino que parecía ser el más seguro para ellos:   

“Nosotros mismos, Judas Priest y Pantera llegamos a una encrucijada en la que tuvimos la oportunidad de pasar al siguiente nivel. Pero ninguno tuvo las pelotas para hacerlo. Sin embargo, Metallica lo hizo. Hay que darles un gran crédito por aprovechar la oportunidad cuando se presentó, correr el riesgo y cosechar merecidamente las enormes recompensas. No se puede subestimar su logro con The Black Album“.

Aquí recordé algo que escribí en 2017, en la desaparecida revista Rock n’ Roll, en un artículo llamado La frontera invisible entre el fan y el hater: 

“Lo más fácil, en caso de sentirse traicionado por un artista, es dejar de seguirlo. Pero no, como especie tenemos poca capacidad de adaptación al cambio y talento nulo para soportar la frustración de sentirnos engañados por lo que amamos y solía complacernos, por lo que la válvula de escape es el matoneo virtual, el ataque. La capacidad de amar u odiar se confunde llevando a obsesiones insufribles… El límite entre el fan y el hater desaparece porque creemos que los ídolos están a nuestro servicio, que lo único que tienen para hacer es pasarse la vida complaciéndonos”.

Siento que lo de atacar a Metallica es un poco injusto, pues es una banda que se le ha medido a innovar bajo su propio estilo y riesgo, pero sin dejar de ser transgresores a pesar del radicalismo del medio que ellos mismos ayudaron a crear (así el resultado no siempre salga del todo bien, como la experiencia del The Metallica Blacklist con el reguetonero paisa, según me contaron). Aunque no me he animado a escuchar la consecuencia de dicho ensayo, sí lo he hecho con interpretaciones de grupos más afines a mis gustos y he notado algunas bastantes sorprendentes que hacen honor a la obra original (como lo antes mencionado con Baudelaire), siendo la St. Vincent y su Sad But True una de ellas. 

Mientras criticar es lo fácil, crear no lo es tanto 

Soy de los que creen que la gracia de un cover es que la agrupación o artista lo hagan según su propio estilo, desde su idea musical y talento, no como queriendo sonar igual al grupo que se está homenajeando (para eso están las bandas tributo y Yo me llamo). 

No imagino al reguetonero J. Balvín (sí, Balvín con tilde, tal como mi compañero y colega @balvincontilde) queriendo sonar igual a Metallica, sería casi como ridiculizar a la banda que se pretendía homenajear. Mejor dicho, siento que lo más valioso y valiente es que le metan sus propios arreglos. Así, citando a Baudelaire, “la misión del arte no es copiar la naturaleza, sino expresarla”. 

Pensando en todo esto recordé un trabajo medio osado que hice en la universidad sobre otro escritor francés, Théophile Gautier, y una de sus antologías poéticas. Utilicé los títulos y temáticas de varios poemas, pero reversionando cada uno de ellos desde mi propio sentir, experiencias y falencias literarias. Un intento de homenaje bastante honesto que llevé a cabo bajo mis reglas, limitaciones y estilo.

En definitiva, ante el debilitamiento mainstream de la crítica que aporta, cuestiona y le exige tanto a la obra como a sí misma, vale la pena apoyar o al menos no destruir lo que otros hacen. Nunca será bueno convertirse en ese meme que no disfruta nada y lo manifiesta de forma constante en sus redes, ese que odia todo lo de Marvel y solo ama lo de Andréi Tarkovski: el cinéfilo mamador.

Ante la tentación de echar abajo incontables intentos creativos que pueden no ser de nuestro agrado, siempre tendremos opciones como ignorar, dejar de seguir, bloquear, silenciar o desconectarse cada tanto de las redes e internet. Eso sí, si la decisión es aislarse un rato de la web y sus entramados, les recomiendo este pódcast hecho en Agencia El Grifo sobre la infoxicación.

Las redes son un mundo paralelo, por más que parezca que este puede fusionarse del todo con el plano real y, cada vez más, logren afectarse el uno al otro. Conseguir separar ambos espacios posibilita que aquello que se vive en redes no se tome tan a pecho en el día a día y que no queramos poner en una vitrina toda nuestra vida privada a disposición de cuanto criticón quiera hacer de las suyas.   

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