La cultura de la cancelación debe ser más que una respuesta emocional

No hay justicia como la de una turba iracunda

Armando Barrera, más conocido como Seymour Skinner o directorSkinner

Las turbas iracundas suelen cometer toda clase de crímenes perfectos, pues dejan víctimas a su paso sin tener culpables a quién señalar y cometen grandes pecados sin un pecador definido. En su afán por castigar, estas terminan asumiendo el rol de indignados, damnificados, jueces, verdugos y, finalmente, criminales.

Lope de Vega, uno de los poetas y dramaturgos más importantes del Siglo de Oro español, escribió en su obra Fuenteovejuna*sobre un pueblo que, tras no aguantar más los abusos de un comendador**, se unió con la idea de acabar con el tirano. En el juicio en el que se pretendió aclarar el crimen, todos coincidían diciendo que “Fuenteovejuna lo hizo”. Sin saber a quién señalar, el juez comentó que, frente a tal solidaridad colectiva, el tribunal no podía castigar a nadie.

Muy acorde a los tiempos que vivimos hoy, y tal vez exacerbados por los confinamientos y restricciones actuales, los linchamientos continúan. Y lo hacen no solo en las calles de una ciudad como Medellín, justo cuando los transeúntes responden con ímpetu al grito “¡¡¡cójanlo, cójanlo!!!” que se viraliza, sino en las redes y su pretendida superioridad moral con la llamada cultura de la cancelación.

Leyendo sobre el tema, encontré que esta tendencia viene del Black Twitter, un movimiento conformado por cibernautas que pretenden combatir el racismo en esa red social utilizando la expresión “cancel culture”, con la que buscan quitarle el apoyo a personajes públicos, normalmente como respuesta a una acción o comentario socialmente inaceptable. Macquarie, un diccionario de inglés australiano, la nombró término del año 2019.

Aunque la cultura de la cancelación, o al menos el término, ya tiene más de un lustro circulando, fue la reciente anulación de Pepe Le Pew lo que motivó estas letras. Y no porque esté indignado, sino por la sorpresa que me generó, pues crecí viendo a este personaje y para nada lo recuerdo como lo describe el periodista Charles M. Blow en una columna del New York Times: “Algunas de las primeras caricaturas que puedo recordar incluyen a Pepe Le Pew, quien normalizó la cultura de la violación… Agarra, besa a una chica repetidamente, sin consentimiento y en contra de su voluntad. Ella lucha con todas sus fuerzas para alejarse de él, pero él no la libera: cierra una puerta para evitar que ella se escape”. Volviendo sobre mis recuerdos de los años 80 y lo que sentía observando a los personajes que hoy son acusados, sí que me da por pensar que quizá es la mente adulta la que nos lleva a retorcer un poco (o mucho) las cosas.

Yo te acuso, tú me acusas

Este tipo de cancelaciones tiene la facultad de convertirse en una ola de denuncias y conjeturas. Si una mujer ataca a Pepe, es tachada de “feminazi”. Si otra lo defiende, es una cualquiera. Si alguien joven se queja de dicho zorrillo, aparecen los señalamientos en contra de la generación de cristal, pero si un cuarentón se lamenta por la cancelación, se le tilda de machista. Hasta he visto gente que asegura que la gata perseguida por Le Pew es una superficial por dejarse ahuyentar por su olor. 

Ya sea por sacarle el chiste o por venganza de los hombres contras las mujeres, ya muchos piden cancelar a la bruja del 71 por su supuesto acoso a don Ramón. Además, en un rastreo por las redes he visto que ya van por la cabeza de Johnny Bravo, Pucca, los maestros Happosai (Ranma ½) y Roshi (Dragon Ball), Brutus (Popeye) y Speedy Gonzales (por supuestos estereotipos raciales, tal como ocurrió con Apu Nahasapeemapetilon), entre otros que están por llegar en 3, 2, 1…   

Esta cacería de brujas se da con frecuencia cuando un personaje público dice o hace algo que el resto considera inconveniente, desagradable u ofensivo, desencadenando una reacción viral que busca llevarlo al ostracismo, incluso boicoteando su reputación y labor profesional y hasta a sus empleadores (lo que presupone que las empresas y organizaciones pueden ser víctimas de dicha tendencia).

Entre señalamientos que van y vienen, las redes se hacen por momentos divertidas, pero otros son para el bostezo y el tedio. Ya he visto cómo los defensores de Pepe Le Pew empezaron a sacar su artillería, tal como dejó ver una amiga en su muro: “Esta generación de cristal se incomoda con un zorrillo intenso, pero al tiempo se sabe todas las canciones del Bad Bunny”.

La cultura de la cancelación, que suele hacerse en redes sociales, con frecuencia no es más que una forma de vergüenza (y venganza) grupal. Es una puerta que abre la posibilidad de combatir la intolerancia con más intolerancia.  

Corey Taylor, líder de las agrupaciones Slipknot y Stone Sour, ha sido un crítico acérrimo de esta tendencia, incluso con su canción de 2020 “Culture Head”, donde aborda temas relacionados con las redes sociales apuntando a “la toxicidad” y “la forma en que las personas se hablan”. Además, en diferentes entrevistas ha dejado ver su postura, no sin antes anunciar que publicará un libro que abordará, entre otros contenidos, la cultura de la cancelación:

“La cancelación no resuelve el problema. En cierto modo, está empeorándolo. Ahí es donde esta ‘generación progresiva’ no entiende, porque esto es más complicado que algo que puedan leer en un teléfono. Lo que están haciendo es eliminar los objetivos fáciles. Si realmente quisieran participar en la cultura de la cancelación, hay muchas personas que lo merecen mucho más. El primero sería el puto presidente (Trump) de mi maldito país”.

Esto de cancelar y boicotear lo que nos molesta, ofende o simplemente no nos gusta es tentador, pero hay opciones más clásicas como ignorar, dejar de seguir, silenciar u olvidar. Las redes, con lo combustibles que son, tienen por igual esa capacidad de ensalzar o destruir según la necesidad. No quiero imaginar el día en que dos de “las novias” favoritas de internet, Keanu Reeves y Henry Cavill, hagan algo que ofenda al gran público. ¿Acaso los van a cancelar? Yo creería que sí, pues son tan populares e intachables que más fuerte van a arder.

Sobre esto último, recordé un artículo que hice en 2017 para una revista llamada Rock ‘N’ Roll, el cual titulé La frontera invisible entre el fan y el hater: “Enmarcamos, señalamos, juzgamos y dictamos sentencia con una facilidad pasmosa. El fan que se siente traicionado por sus ídolos procede a comportarse de una forma tan errática como aquel despechado ebrio en medio de la tusa que tiene el celular a mano. Así mismo, puede tener dos caras, siendo un amable Dr. Jekyll o un perverso Mr. Hyde (…) La capacidad de amar u odiar se confunde llevando a obsesiones insoportables. El límite entre el fan y el hater desaparece porque creemos que los ídolos están a nuestro servicio, que lo único que tienen para hacer es pasarse la vida complaciéndonos”.

La cultura de la cancelación me parece un arma de doble filo, pues anular a un tipo como Harvey Weinstein es necesario, aunque yo no lo haría con su obra por toda la gente extra que hay implicada en ella. Aquí vale la pena citar a la filósofa argentina Esther Díaz, quien afirmó que “hay que separar a la persona de la obra”, así como a Lina Castañeda, periodista de esta agencia que me entregó su visión sobre este tema:  

Son muchas cosas las que pienso. Primero, que no comparto el hecho de que cancelen ningún tipo de obra porque estas dan un testimonio de su tiempo. Segundo, no sé si soy capaz de separar la obra del autor. Es decir, no pediría que cancelen las obras de Woody Allen, pero lo cierto es que no soy capaz de ver sus obras con los mismos ojos. Tampoco pediré que la gente no lea a Pablo Neruda, pero no soy capaz de leerlo igual desde que me enteré de las declaraciones que tenía hacia su hija discapacitada y la supuesta violación que, al parecer, manifiesta haber realizado en su libro Confieso que he vivido. No creo que deban ser canceladas las obras, pero sin duda cada persona debería tomar la decisión de si consume o no estos contenidos de acuerdo con sus propias convicciones.

En conclusión, siento que eso de cancelar a diestra y siniestra, según la emotividad del momento, le puede quitar peso y credibilidad a esta tendencia.

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*Fuente Obejuna es el nombre oficial del municipio de la provincia de Córdoba (España). De hecho, en la famosa obra de Lope de Vega que lleva por título el nombre de esta localidad, el escritor madrileño escribió Fuente Ovejuna, que también se ha transcrito Fuenteovejuna.

**Caballero que tiene encomienda en alguna de las órdenes militares o de caballería.

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