Mi vida, como insumo de Google y Whatsapp

El asunto con Whatsapp y el uso de los datos pone en evidencia dos caras de la moneda: un desconocimiento de buena parte de los usuarios que banalizan el interés que puedan tener estas plataformas por sus vidas, que algunos incluso califican de comunes. Y la postura de una de las compañías tecnológicas más poderosas del mundo, que según la experiencia en el tema de datos que tiene cada país y continente, decide presentar las nuevas reglas de juego. Latinoamérica, todo indica, es lo que menos le preocupa por el poco conocimiento que muestran sus sistemas regulatorios sobre el tema.

La Unión Europea parece ser la más preparada en estas lides, al obligarlos a hacer cambios en el acuerdo; de alguna manera saben expresar las condiciones para tratar de encontrar un balance entre los alcances de la obtención de datos de los usuarios y los del negocio; que es al fin de cuentas lo que les interesa, así esto se cobije en el predecible eslogan de Zuckerberg cuando dice: “Buscamos conectar al mundo”.

La vida del usuario común es la materia prima de quienes participan en la llamada “Era del Capitalismo de la Vigilancia”, expresado así por autoras como la economista y filósofa Shoshana Zuboff, y cuyo libro recomiendo. Advierto que no se vuelve a tener la misma relación despreocupada con el teléfono, el micrófono que este contiene, las redes sociales, las cámaras, las páginas web, las apps, relojes inteligentes, computadoras, tablets e incluso con la linterna del celular, el recorrido de las calles y la visita a lugares cotidianos.

Usuarios dependientes de plataformas que les "facilitan la vida".

Este artículo nace de un meme, que en resumidas cuentas aludía a que la vida de un pobre ciudadano, común y más que corriente no se comparaba con la de un magnate que sí tenía algo interesante qué mostrarle a Whatsapp. Aparte de la baja autoestima de quien lo creó, sirve de ejemplo para resolver que esos dos personajes sí están en el juego de compañías como Facebook y Google; solo que estos dos gigantes tecnológicos le dicen al magnate, no solo la información del personaje “del montón” sino que incluso le pueden predecir qué decisiones va a tomar en un futuro y en qué momento es oportuno que salgan a relucir sus productos, servicios, propuestas políticas o movimientos sociales. Todo depende de cuánto esté dispuesto a invertir.

Primero te hago adicto, luego te cuento de qué se trata

A estas alturas se espera que ya se anule del discurso de las redes sociales y consumo de contenido web, el término “gratuito”, a no ser que los lectores consideren que su tiempo y la información de sus vidas no tengan ningún valor.  

Entendamos que cada vez que surge una plataforma, recurso, solución o herramienta de una de estas compañías, están en busca de algo que Google descubrió accidentalmente mientras trataba de sacar a flote su negocio como buscador: se trata del excedente conductual. Es esa acción que realizamos de forma inconsciente por distintos escenarios, primero fueron digitales y luego pasaron a complementarse con espacios fuera de línea. 

Poco a poco nos vamos haciendo predecibles, desde el consumo de contenidos, ritmos de navegación, ocupación del tiempo desde el ocio, el trabajo, la rutina, los miedos, los problemas… en fin, la vida misma. La inteligencia de máquinas, no solo perfila al usuario que viaja por todos los recursos que crea e indexa la compañía, sino que además lo lleva a tomar decisiones que terminan anulando el elemento sorpresa y el factor aleatorio, generando un conductismo: por ejemplo, en una dinámica de viaje, harán que usted recorra ciertas calles, entre a ciertos bares, consuma determinados productos y se aloje en sitios específicos.  Llevando a que el negocio prospere en pujas interminables de presupuestos o negociaciones directas con personajes del poder.

Capitalismo de la vigilancia

Facilitar la vida, o por lo menos las dinámicas comunes en su desarrollo, es el aliciente que divulgan estas compañías para crear usuarios dependientes que comienzan a perder capacidades en la toma de decisiones: por eso ya no es extraño que en algunos hogares la nevera decida qué alimentos hacen falta, o que un Google home, o Alexa de Amazon (otro gigante con otro poder inconmesurable), el dispositivo que hace a su “hogar inteligente” determine las dinámicas de un escenario que solía no solo ser privado, sino íntimo. 

Que los párrafos anteriores no sorprendan a quien lee, evidencia que “la gente se habitúa a la incursión con una mezcla de aceptación, impotencia y resignación. Se va disipando la sensación de asombro e indignación. La incursión misma, antes impensable, se abre lentamente paso entre la normalidad. Peor aún: poco a poco, pasa a parecer inevitable. Se van formando nuevas dependencias. A medida que las poblaciones se van insensibilizando, se va haciendo más difícil que un individuo o incluso un colectivo se queje de lo que está sucediendo”. Shoshana Zuboff

Si le parece exagerada esta afirmación de la investigadora es solo que lea las reacciones a los artículos y contenidos en general que aluden a los nuevos términos de Whatsapp: la banalización es una especie de cubierta del desconocimiento.

Discursos apaciguadores

El meme que inspiró este artículo simboliza claramente el escenario tan vasto y propicio con el que cuentan estas compañías (no olvidar que son privadas y que tienen la información del mundo; y si algo ha demostrado la historia, es que quienes la poseen tienen el poder. Pasó con los imperios, las dinastías, las monarquías, las iglesias y los regímenes). Del otro lado, estaban los incautos que no entendían muy bien qué pasaba.

Analizar los discursos con los que promocionan y defienden sus operaciones ante los que intentan regularlos, es un ejercicio efectivo para comprender el porqué de la poca alarma y claridad por parte de los usuarios: ojo, nosotros no somos clientes de Google y Facebook, somos sus insumos. Pero de cara a sus discursos corporativos, prefieren hablar de las regulaciones bajo demonios conceptuales como la censura, el entorpecimiento de los avances tecnológicos, el poco apoyo a los desarrollos de emprendimiento; y en contraste se enfocan con las pasiones que acompañaron a los desarrollos de este tipo en sus comienzos por allá en los 90’s: tener un mundo con acceso a la información y conectado. ¿A qué precio? Es mejor no preguntar.

Recomiendo esta charla donde Jaron Lanier habla sobre el cambio de perspectiva de la finalidad de internet. Puede activar los subtítulos en español.

Todo indica que las relaciones de poder que Google trabajó después del 9/11 bajo la excusa y necesidad de tener sistemas efectivos de seguridad y espionaje, los libra de tener que hacer anuncios a viva voz como le toca a Facebook. No es de gratis que sus altos funcionarios estuvieran hombro a hombro aplaudiendo con Obama después de ganar las elecciones. Que sus sistemas herméticos de captación de excedente conductual se protejan a cabalidad, y se hagan necesarios en organizaciones como la CIA y el FBI. Pero este tema da para otro artículo, igual sabemos que cuando estos dos nombres salen a flote, la cosa va en serio, y más cuando no son ellos quienes llevan las riendas sino que piden el favor.

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