Que lo que el lenguaje una, no lo separe la intolerancia

La multiculturalidad no debe reñir con el buen uso del lenguaje ni ser una excusa para que se haga con este lo que se nos venga en gana. Al contrario, la confluencia de diferentes culturas y formas de pensamiento en espacios comunes como las redes sociales pueden alimentarlo, pero es importante no querer imponerse a las malas, pues el resultado será un cadáver exquisito (ese método de creación colectiva de textos que consiste en plasmar algo a continuación de otra cosa sin preocuparse de la coherencia o el sentido que el escrito final pudiera tener) con resultados poco alentadores. 

Hoy en día, desde la multiculturalidad y la educación, se habla de la importancia de las pedagogías diferenciadas y escuela inclusiva. Sin embargo, no hay que violentar al lenguaje señalándolo de excluyente, pues este cumple una labor comunicativa y de unión, no de rechazo y marginación. De ahí que el principal insumo de un lenguaje multicultural debe ser el respeto y la empatía. 

El lenguaje es un punto común y un lugar de encuentro, no un campo de batalla en el que se separen (aún más) las personas por sus géneros, culturas, idiomas, razas o gustos. Este sistema de signos que utiliza una comunidad para comunicarse oralmente o por escrito unifica no con la intención de uniformar pensamientos, sino de abrirle espacio a la comunicación, de hacerla posible, buscando que el intercambio de información sea más preciso y menos tergiversado.

Si se quiere ser incluyente desde el lenguaje, no hay que escribir todes, todxs, tod@s o todas y todos, sino hacer realidad proyectos como el que se radicó el pasado mes de septiembre en el Congreso de Colombia para incluir en los currículos de las instituciones educativas la enseñanza y aprendizaje de la lengua de señas.  

Que el lenguaje no genere división desde la percepción de quien interpreta los discursos.

El buen uso del lenguaje, de entrada, es una manifestación de respeto hacia el otro. Eso sí, no puede negarse que este debe evolucionar, adaptarse a los nuevos tiempos, necesidades y plataformas, a la diversidad cultural, pero no por eso debe “perratearse” (volver repugnante lo que un día fue sublime, o transformar en repulsivo lo que un día pudo ser bello. En pocas palabras, extraer el valor de cualquier cosa para inyectarle veneno). 

La multiculturalidad necesita de sus propios espacios, pero también de esos lugares de encuentro con otras formas de pensamiento, lejos del odio por lo diferente, la burla hacia lo que no entendemos o el rechazo a lo que nos incomoda. Ahí es donde emerge el buen uso del lenguaje como medio para acercarse al otro, al que no cavila como yo. Sin embargo, luchas como la de querer modificar el lenguaje oral y escrito desde un repudio hacia lo masculino genera más barreras comunicacionales de las que derriba, incluso complicando su uso y atentando contra la economía del lenguaje al tener que decir niños y niñas, amigos y amigas, compañeros y compañeras: 

“En la casa éramos seis, cinco niñas y un niño. Por eso crecí creyendo que el género gramatical femenino era la norma lingüística “por defecto”, el marcador universal para englobarnos a todas. El plural femenino nos incluía a todos los hijos (en mi casa se hubiera dicho “a todas las hijas”). Cuando mi mamá decía, “¡báñense, niñas, que nos vamos para el centro!”, yo sabía muy bien que una de esas niñas era yo. No me sentía excluido; hubiera sido muy pedante que ella dijera: ‘¡Báñense, niñas y niño! ‘”.

Salí de mi casa, donde la norma gramatical que nos englobaba a todas era la forma femenina, y entré al mundo, donde la norma gramatical para entenderse bien y rápido era la otra: lo masculino incluía a las mujeres. Eso no me hizo sentir ni mejor ni peor. Era así, y basta. Era una manera de entenderse rápido y sin complicaciones. Si las jirafas y las panteras tuvieran conciencia lingüística, estoy seguro de que las jirafas y las panteras con testículos no se sentirían excluidas porque su nombre sea femenino. Es así por caprichos de la lengua, por economía, y ya. Cambiarlo desde arriba con un mandato de autoridad es una ridiculez” Héctor Abad Faciolince.

Las cosas tienen un nombre porque sí, el lenguaje hizo un recorrido milenario para poder llegar a nombrarlas. Ahora, cada quien está en su derecho de modificar palabras y renombrar objetos (pero sin atentar contra el entendimiento), tal como lo hizo el escritor chileno Nicanor Parra en su poema Cambios de nombre, del cual cito una parte: 

A los amantes de las bellas letras
Hago llegar mis mejores deseos
Voy a cambiar de nombre a algunas cosas.
Mi posición es ésta:
El poeta no cumple su palabra
Si no cambia los nombres de las cosas.
¿Con qué razón el sol
Ha de seguir llamándose sol?
¡Pido que se le llame Micifuz
El de las botas de cuarenta leguas!

La pregunta que me surge con este poema es, en caso de haber logrado su cometido, ¿cómo pudo comunicarse después?

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