El peligro del meme como arma de destrucción teledirigida

“Lo que en las redes sociales es risible, resulta siniestro en la vida real”

(Daniel Coronell / Los Danieles)

No es que las redes saquen lo peor de nosotros, pero sí logran ponerlo en evidencia y servirnos como caja de resonancia. Y el meme, parte fundamental de este mundo hiperconectado, no permanece exento de esta posibilidad, pues, así como existen muchos contenidos llenos de ingenio, humor fino y un mensaje crítico, algunos optan por destruir desde el odio y otro tipo de sentimientos con frecuencia infundados que pueden llevar a actuar de forma errática y tendenciosa porque caemos en la tentación social de entrar en la ligereza, en lo vacío, en lo fácil y en lo viral, dado que nos encanta afilar el dedo para señalar.

En política, por ejemplo, se ha pasado con gran facilidad de la sátira política (composición literaria utilizada desde hace siglos con el fin de realizar una crítica de las costumbres y de las conductas deshonestas de algunos individuos que trabajan en el mundo de la política, con un fin moralizador, burlesco o de diversión) al meme. Eso sí, hay que reconocer que la creación de memes se ha ido profesionalizando en los últimos años, permitiendo a su vez su alto impacto, tal como se afirmó en un artículo de Forbes llamado Memes en América Latina: ¿el arma perfecta para ridiculizar a los políticos?

 “Este fenómeno en la comunicación política no es exclusivo de un país en la región. Desde Estados Unidos a Argentina, los memes están revelando un gran potencial que lleva a modificar la relación entre los gobiernos o candidatos y el público, y terminan teniendo un alto impacto con un enfoque constructivo y destructivo”.

Marianne Díaz, analista de políticas públicas y redes sociales de Derechos Digitales (una organización de alcance latinoamericano, independiente y sin fines de lucro) en diálogo con la DW, comentó que “el meme es una unidad de información que se replica a sí misma. Su utilización en el ámbito político y social viene justamente porque este rebota en otras personas. Es decir, se utiliza una imagen acompañada por lo general de texto para expresar un descontento u opinión con respecto al desarrollo social o político y eso encuentra eco en otras personas que se sienten identificadas. Esas personas lo toman, lo transforman, le agregan cosas, lo reenvían y así lo hacen viral. Precisamente ahí está su valor social, de expresar una corriente de pensamiento con eco en muchas personas”.

El meme tiene su cuento

Meme es una palabra que proviene del griego mimema, que hace referencia a “algo limitado” y a una forma de propagación cultural que, en la actualidad, se ha transformado en una de las herramientas más rápidas, fáciles y de gran impacto, no solo para divertir, sino al momento de comunicar (o desinformar). Asimismo, este tipo de contenido pone de manifiesto la cosmovisión de la cultura popular sobre una humanidad impregnada por las redes sociales, la información apresurada, la memoria a corto plazo y el humor efímero, temas muy relacionados con la tendencia a la criticonería desmedida.

El meme, entonces, puede causar sensaciones como amores, odios, indiferencia o indignación, entre otros. Todo depende del lado desde donde se aprecie. En mi caso, un meme con mala ortografía, por bueno que sea, me genera desconfianza y nunca lo compartiría.

No obstante, el meme también puede dañar cuando trata de volverse un arma de destrucción teledirigida sobre alguna persona, idea o movimiento social. El ciberacoso, por su parte, ha encontrado en el meme un aliado estratégico, algo muy afín con lo expresado en una entrevista por Jorge Arnao Marciani, coautor del libro Cyberbullying: violencia relacional en la sociedad de la información:“En la elaboración y difusión de memes o mensajes ofensivos se manifiesta la intolerancia social y la discriminación por raza, orientación sexual, apariencia física, entre otros, hacia la víctima, sin distinción de género ni nivel socioeconómico”.

Aquí es vital resaltar que un meme va más allá de imágenes graciosas y recurrentes en las redes, siendo a su vez una manera de compartir opiniones, creencias, ideas y conceptos. A veces es una simple forma de desahogarse, algo que quedó muy en evidencia en medio del sonado caso entre Johnny Depp y Amber Heard. Esta última, tras el veredicto final, comentó que “el odio en las redes durante el juicio no fue justo”.

Precisamente el caso en cuestión fue el que me sembró la idea de hacer este artículo, en especial tras leer las palabras para The Independent de Charlotte Proudman, una reconocida abogada de derecho familiar experta en violencia de género:

“Los memes sirven para socavar a Amber y, al hacerlo, envían un fuerte mensaje a las sobrevivientes de que, si hablas, podrían burlarse de ti y ridiculizarte; esto podría desanimar a las mujeres a buscar el apoyo de amigos o familiares y ellas podrían ser reacias a denunciar el maltrato a la policía”.

Ese testimonio está muy relacionado con el estudio Memes de Internet y violencia de género a partir de la protesta feminista #UnVioladorEnTuCamino, donde se afirma que  “observamos que a través de los memes se puede deslegitimar, en este caso, a la defensa de los derechos de la mujer mediante el activismo feminista por medio de la  ciberviolencia, siendo Facebook un espacio clave en la sección de comentarios donde se ubican ataques como el uso del término ‘feminazi’, que intenta demeritar la lucha feminista”.

En conclusión, bienvenidos los memes y la tendencia a usarlos, pero acompañándolos de un poco de empatía (reconociendo que el humor negro es útil como válvula de escape) y quizá algo de la autocensura que permite el plantearse preguntas de este tipo: ¿Soportaría ver a un amigo siendo víctima de acoso selectivo a partir de memes? ¿Compartiría contenidos ofensivos o difamatorios sobre un familiar? ¿Sería capaz de crear un meme no solo para hacer reír, sino también con la idea de dañar?

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